El funcionamiento de un arma de fuego se basa en un ciclo mecánico-químico. Inicia al accionar el gatillo, liberando el percutor o martillo que golpea el fulminante del cartucho. Este detona e inflama la pólvora, generando gases a alta presión que impulsan el proyectil por el cañón.
Simultáneamente, en armas de repetición o semiautomáticas, el sistema de retroceso expulsa el casquillo y alimenta un nuevo cartucho desde el cargador. Este proceso ocurre en fracciones de segundo. La coordinación de estos mecanismos permite un disparo controlado, repetible y eficiente, base para su análisis en balística forense.